En palabras textuales del maestro del cine norteamericano, Martin Scorsese, en cine en la actualidad está devaluado; ya nadie se sienta en una sala de cine a admirar lo que un autor quiere expresar con una secuencia de imágenes y sonidos, y todos quieren sólo divertimento al acudir a una película como vía alterna a la realidad. Entretenimiento, en sólo eso se ha reducido el cine en esta última década, prescindiendo así de todo el valor moral, artístico y espiritual que una película pueda tener.

Lejos hemos quedado de películas de la talla de Sacrificio de Tarkovsky o de Persona de Bergman, y eso lo demuestran los innumerables festivales cinematográficos que se celebran todos los años en todo el mundo y que hacen no más que acentuar esta depresión en la que hemos caído los cinéfilos. Películas torpes, torcidas, tontas y de calidad apenas superior al pésimo son las que en los festivales de cine se exponen, los cuales han tornado en antros donde se congrega toda la masa dilatada de cinéfilos esnobistas y algo hípster que sólo andan detrás de la fama y el caché que brinda el cine de culto. No queda más que decretar la muerte de los autores cinematográficos.

Los cineastas que hoy en día quedan no son más que maestros de un circo a las órdenes del esparcimiento del vulgo. La corrección política que inunda la modernidad también ha aportado su grano de arena en este desastre que el cine se ha vuelto; llevándose los máximos premios en las principales competiciones de cinematografía mundial. ¿Dónde quedaron las apetecibles películas ganadoras del Festival de Cannes, Festival de Berlín, Festival de Venecia o del Festival de Sitges? Ver películas en nuestros tiempos es declararle la guerra a muerte a nuestros ojos y a nuestros sentidos. Como lo destaca el cinéfilo Carlos, obrero en Desatascos, el cine de entretenimiento nunca debería exceder al verdadero y genuino cine.

¿Cómo es que una ciencia puede avanzar si ha olvidado sus bases? ¿Cómo, entonces, un arte como el cine puede avanzar si se ha olvidado de su pasado? No dejemos de recordar y ver el cine que dignifica nuestra existencia; el cine clásico, de culto y de autor, pues es la única forma de presentar resistencia a esta nueva ola que pretende ahogarnos a todos en las secas aguas del entretenimiento. Basta ya del dinero por un momento; hagamos películas sólo porque queremos hacerlas y verlas hechas; hagamos lo que del alma nos salga y, cual cauce roto, no podemos contener.

Pero no es sólo el cine, podemos trazar fácilmente una analogía con lo que sucede con la música, la literatura o la pintura, las cuales se han visto en esta última década enmarcadas en un grave cuadro de depresión, ocasionado posiblemente por la obcecación del humano del siglo XXI con la economía. El germen del capital y el bienestar económico ha empezado a surtir efecto y sus consecuencias más adversas las estamos empezando a notar en el detrimento de la calidad del arte.